La gran familia chilena

Isis Irizarry está muy resfriada y apenas puede hablar. Su “mamá chilena” -Patricia, profesora de Lenguaje- se ocupa de que esté bien alimentada, porque –como postula el refrán- “enfermo que come no muere”. Su “papá chileno” –Fernando, funcionario público- le prepara un singular tónico con cuesco de aguacate rallado y miel. Afortunadamente, a la puertorriqueña de 20 años le apetece la efectiva medicina natural. Una de sus “hermanas chilenas” también cae a la cama contagiada… y conversan, entre toses, de una habitación a otra.

Mientras a sus “nuevas hermanas” les enseña inglés, Isis aprende algo de “chileno”. Ya sabe que salir a divertirse se llama “carretear”, termina las frases en “poh” y responde “al tiro” cuando la jefa de hogar le recuerda tomar sus medicamentos. Gracias a la receta casera, ya sabe que en este país al aguacate se le llama “palta”. La muchacha se ríe de sí misma exagerando su acento “gringo” al hablar castellano y contagia, además de su estado gripal, su excelente sentido del humor.

Matriculada en cursos sobre literatura y cultura latinoamericana como parte de sus estudios iniciados en el Trinity College de Hartford (Connecticut), Isis Irizarry llegó a Santiago gracias a una organización llamada Council on International Educational Exchange (CIEE). “Ellos hicieron el contacto con la familia chilena a través del programa”, rememora sobre su aventura.

Experiencia increíble

Vail Lauren Miller eligió a Chile de un menú que ofrecían los planes de intercambio de la Universidad de California, en la que sigue estudios sobre relaciones internacionales. “En mi carera, se pone mucho énfasis en el viaje y conocimiento del mundo, se nos anima a partir afuera. Siempre había querido conocer Sudamérica y las fotos del paisaje de Chile me ganaron”, cuenta.

Veinteañera y según ella “también de Gringolandia”, juega fútbol y ve con gusto que el balompié femenino se practica en Chile. Es evidente que en la cancha se habla distinto a como se dialoga en la sala de clases. “No tengo mucho aptitud por los idiomas ni para aprender el ‘castellano-chileno’. Afortunadamente, la gente de acá es amable, distendida y le interesa ayudarnos”, celebra la estadounidense.

“Vivir con mi familia chilena ha sido una experiencia increíble y no la cambio por nada. Sin tratar de controlarme, me cuidan y protegen sin restringirme. Me encanta hablar y aprender de ellos no solamente el idioma. Soy afortunada de que mis ‘padres chilenos’ sean muy educados sobre el país”, destaca. Sin ir más lejos, el jefe de hogar -Juan Gustavo- es experto en cultura mapuche.

Toda la comida

Gracias a la misma modalidad viajó Katherine Hill, de 20 años. Dejó momentáneamente la University of Southern California para conocer la región, además de aprender español, ciencias políticas y relaciones internacionales desde una perspectiva distinta.

Katherine está matriculada en la Universidad Católica de Santiago y, según revela, algunos de sus compañeros le hablan “mo-du-lan-do lentamente cuando les digo que lo hacen muy rápido. Son bromistas e integradores al mismo tiempo”.

Además de los modismos y el habla rápida de sus habitantes, comenta sobre su estadía en el país que “la comida es distinta, no tan picante o sabrosa como la de Estados Unidos. En general es sana”.

Para las mamás chilenas, asegura, es muy importante “que te comas toda la comida, por lo que tratan de hacerla a tu gusto o te permiten que tú misma la prepares según tu costumbre… y dejes ordenada la cocina. Si te alimentas mal, te criticarán asumiendo plenamente el rol de mamás”.

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