Al pie de la letra

Fue el aviso sobre una charla lo que inspiró a Leslie Mc Lean. En uno de los pasillos de la Universidad California en Santa Cruz, se anunciaba que la escritora Pía Barros hablaría sobre su próximo taller literario en Santiago. Bastaron pocos minutos para que la estudiante estadounidense se convenciera de tomarlo.

“Yo había viajado con mi amiga Liz Tynes por Chile. A las dos nos encantó y quisimos encontrar la manera de volver”, narra. Fue tal el magnetismo con el país, que solicitó invitaciones para que ambas pudiesen postular a una beca y así matricularse. Además, “propuse escribir mi tesis sobre Chile”.

Pasados los meses, ya tenía entre manos su creación, que escribió in situ. Como es costumbre, luego recibió la crítica de sus compañeros. Al igual que en un juicio, tuvo una defensa encargada de enfatizar sus fortalezas; y un “fiscal” que destacó sus debilidades.

“Se trataba de reinventar una historia de hadas. Mi cuento lo titulé Ceniciento. Escribir en otro idioma fue un trabajo que te da mucha humildad, pues te obliga a crecer en tu capacidad lingüística”, añade. Finalmente, su héroe encontró la felicidad, porque fue publicado en un libro-objeto que a la joven aún llena de orgullo.

Tanto para ella como para su amiga Liz, lo memorable fue el ambiente: “Los talleres eran extraordinarios, todos fumaban y tomaban café. Eran bastante feministas y no muy políticamente correctos. Es decir, te criticaban directamente, cosa que raramente ocurriría en California”.

Marcando tendencia

Pero la de Leslie Mc Lean no fue una llegada tan excepcional. Los talleres son constantemente fuente de información para decenas de estudiantes foráneos que realizan sus tesis sobre literatura o historia de Chile. Algunos llegan a hacer una entrevista… y se van quedando, si la metodología del taller les acomoda.

La escritora Alejandra Basualto, de larga y prestigiosa trayectoria en este tipo de actividades, cuenta que los extranjeros no hispanohablantes se acercan a los talleres “para mejorar su español y conocer si su nivel literario es equivalente. Y se nota cuando tienen facilidad. De hecho, en uno de mis cursos tengo una brasileña que escribe estupendo”.

En Balmaceda Arte Joven –revela Rodrigo Hidalgo, su coordinador literario- hay iniciativas hace 10 años, en Santiago y regiones, gratuitos y de los cuales participan también jóvenes argentinos, bolivianos y peruanos. Felipe Serra –novel narrador que ha asistido a tres talleres de escritores profesionales- se ha fijado en sus compañeros extranjeros, especialmente en aquellos que hablan otro idioma.

“Me imagino que al inicio les cuesta un poco comprender los textos cuando se leen en voz alta y también al descifrar algún modismo local que algún autor imprima en un cuento, aunque los chilenos, -aclara relativizando sus temores- no somos muy buenos para escribir en chileno”.

De todo para todos

Con décadas de experiencia como directora de talleres, Pía Barros enumera los tipos de éstos: los tradicionales, tipo tertulia, con la variante de tareas y pie forzado, y los hay metodológicos, con enseñanza de técnicas y escritura in situ. También los hay reflexivos, en torno a ciertas lecturas, que no son propiamente de creación.

Para Alejandra Basualto, es importante la edad de los participantes. Los de Balmaceda 1215, quienes no pasan los 23 años, “están cruditos y hay que iniciarlos en el aprendizaje del oficio, advirtiendo sobre sus cacofonías, que sus poemas no sean rimosos,  que no porque el verso sea libre se puede hacer cualquier cosa”.

Ya iniciados en el oficio, todos deben enfrentar cuestionamientos. Hay jóvenes que prematuramente ya se consideran clásicos: “Llegan con el ego más grande que una casa, en actitud de ser descubiertos, impermeables a la crítica que la atribuyen a la incomprensión e ignorancia de quienes la hacen”. En general, esa gente dura poco en los talleres o cambia de actitud.

Por su parte, Pía Barros valora “la humildad del aprendizaje” y la colaboración. Recuerda haber visto llegando muy entusiasmada a una de sus alumnas, diciendo: “¡Tengo una idea, la tengo clarita… me falta el título… y el cuento!”. Casi nada. A ese taller, lo bautizaron “Las juntas podemos”. Y se pusieron manos a la obra.

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