Conviviendo con los indígenas huilliches en lago Ranco

Inmersos en la naturaleza desde hace cientos de años, las comunidades aborígenes siguen vivas en el corazón de la región de Los Ríos.

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Jorge López Orozco

“Esa que está pisando, ese pastito, esa es la ‘Siete Venas’. Sirve para curar el resfrío”, comenta con tranquilidad, con el énfasis de quien habla desde la experiencia. En la península de Illahuapi, ubicada en la ribera sur-oriental del grandioso lago Ranco, el tercero más extenso del país, la señora Nora Beroisa Millahuanque cuenta que todo lo que sabe de plantas lo aprendió de su abuela, sabiduría que la ha transformado en la “meica” de la comunidad huilliche del sector. ¿Qué es una meica? Es una especie de médica que sana a través del uso de hierbas.

 “El boldo es para el reumatismo y el corazón, el chilco para la fiebre y la zarzaparrilla con murta para limpiar la sangre”, continúa Nora. Todo este saber nacido del contacto directo con la tierra y la naturaleza es la herencia del pueblo huilliche, rama de los indígenas mapuches y cuyo nombre significa en la lengua mapudungún “gente del sur”, ya que habitaron desde el sur del río Toltén al Seno de Reloncaví. Viajamos a Illahuapi, en búsqueda de conocer estas raíces centenarias. Para encontrarnos cara a cara a los herederos de este linaje ancestral.

Hace algunos años el sector se abrió a los visitantes y a los huincas (como se denomina a los hombres blancos) para que conocieran la cosmovisión de sus habitantes originales. Luego de hablar con doña Nora se siente fuerte eso de venir a “conocer”.

El mundo huilliche es toda una sorpresa y los habitantes de Illahuapi son unos magníficos anfitriones: amables, abiertos al visitante y llenos de sonrisas.

El paisaje también destaca. La península consta de un paisaje ondulante, lleno de pequeños montes, con terrenos labrados y cortas extensiones de bosques. Tiene varias panorámicas a las aguas del Ranco y a la cercana isla Huapi, parte de la decena de ínsulas que tiene el lago.

Por Illahuapi

Aparte de la meica, hay más lugares donde se experimenta la cultura local. Paulina Chiscao, una de las artesanas, nos muestra el telar mapuche y cómo elabora finos y coloridos téxtiles como mantas, pañuelos y gorros. Teje deprisa, con maestría. “Todo el proceso es hecho a mano. Desde la confección de la lana hasta su teñido con hierbas naturales”, cuenta.

Acá la madre tierra lo da todo. Hecho que se palpa en la gastronomía local que se caracteriza por sus sabrosas variedades en las que se mezcla la cocina huilliche con influencias campesinas. Todos los ingredientes cosechados provienen de las laderas de Illahuapi. Cazuelas enjundiosas compuestas de carne, papa, zapallo, arroz y caldo se mezclan con catutos (especie de pan hecho de trigo cocido), asados al palo (cordero cocido a las brazas) y sopaipillas (masa de harina y zapallo frita). Imperdible es probar “muday”, bebida alcohólica resultante de la maceración del trigo y que tiene un sabor similar a una cerveza sin gas.

Aunque no hay restaurantes formalmente establecidos se puede conseguir probar estas delicias con sólo conversar un poco, sobre todo en las cabañas y campings que reciben a los escasos turistas que se internan en esta geografía. ¿La mejor fecha para visitar? Febrero, sin dudas, cuando se realiza el Lepún, ceremonia huilliche de rogativa y limpieza de la comunidad,  y que incluye la trilla a yegua suelta, en que caballos pisotean las gavillas para separar la paja del grano. Toda la península se vuelve fiesta: hay canto popular, enormes comilonas y camaradería entre los locales y los visitantes.

Rupumeica Alto, Secreto de Pocos

Los Jaramillo constituyen una de esas familias que es imposible olvidar. No sólo porque para llegar a ellos hay que realizar una larga travesía en una carretera de tierra que rodea al lago Maihue. O por los bellos paisajes andinos sin mayores atisbos de urbanidad que se entrelazan con el bosque siempre verde, compuesta por tepas, lumas y canelos. Sino porque son magníficas personas. Organizados a través de la agrupación agroturística Rayen Lemu (“Flor de la Montaña”), los Jaramillo son los principales anfitriones de Rupumeica Alto, un lugar donde la naturaleza manda y donde habitan un centenar de personas.
 
Los turistas no son frecuentes, pero Rayen Lemu ha tenido un constante flujo de visitas extranjeras, que llegan por la vía del boca a boca y que buscan conocer de manera profunda la vida de estos campesinos huilliches.

La casona, donde vive la mayor parte de este clan familiar, dispone de cuartos para los viajeros. La vida interna tiene epicentro en la cocina dónde siempre hay diligentes mujeres trabajando. A un costado hay una larga mesa en que se toman insuperables desayunos, almuerzos y meriendas. Pan casero, verduras locales y mucha carne.

Es común que Roberto Jaramillo Huentecol, uno de los principales anfitriones, cuente algunas historias del lugar al anochecer. Antiguas leyendas ronda los oídos como el “cajón negro” mítico lugar donde se encontrarían los animales más grandes de la región, ocultos del acecho humano.

Herman Jaramillo, hijo de Roberto, es el encargado de mostrar el privilegiado exterior de Rupumeica. Se organizan caminatas y cabalgatas a distintos puntos de interés: el mirador del lago Maihue por el día o travesías de más jornadas al lago Gris o a Hueinahue. Lugares que muy poca gente conoce y que cuentan con parajes naturales que mantienen inalterable la impresionante belleza de esta geografía plagada de volcanes.

No hay que adentrarse demasiado para comprobarlo. Los Jaramillo son vecinos a los “Ojos del Huishue”, impresionantes saltos de agua que salen de las entrañas de la tierra sin existir evidencia de un río cercano. Caen como una exhalación desde unos 20 metros de altura. “Cuando los “ojos” desconocen a los que vienen se levanta una bruma de rocío y moja a la gente hasta que se va”, relata risueño Herman. Estamos todos empapados.

Los socios de “Rayen Lemu” ofrecen productos artesanales como mermeladas, conservas, chalecos y gorros tejidos, además de artículos tallados. La recomendación es quedarse algunos días en Rupumeica. El calor de hogar y las antiguas historias  hacen del viaje una experiencia para los sentidos y un acercamiento poderoso a la vida de los ancestrales habitantes de esta región.