Viajar por Chile: los cuatro tesoros de Robinson Crusoe

Mitos, un mar espléndido para el buceo o la pesca y trekking en bosques únicos en una sola isla, ubicada a 500 kilómetros del continente.

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Marcelo Schiller sube raudo los cerros y evita con agilidad los bordes de las enormes quebradas que componen la totalidad de la geografía de la isla Robinson Crusoe, que toma su nombre de la afamada novela de Daniel Defoe inspirada en la vida de Alejandro Selkirk, el habitante más famoso de este lugar.

Cubierta de montañas que llegan a los 900 metros de altura, como el magnífico cerro El Yunque, su paisaje de relieve se mezcla con la profundidad del océano Pacífico. No hay nada más que montes y mar, mientras Schiller –nuestro guía- mantiene el paso rumbo al mirador de Selkirk.

La Crusoe forma parte del archipiélago de Juan Fernández (nominado en honor del marino portugués que descubrió en 1574 este lugar ubicado 670 kilómetros al oeste del continente). Como paraíso escasamente visitado, una de las zonas con mayor cantidad de especies endémicas de Chile (cerca del 60% del total), declarada reserva de la biosfera por la Unesco (1977) y parque nacional desde 1935, la isla es un territorio a conocer. Y no sólo por su legado natural.

Primer tesoro: su gente

Schiller es orgulloso de su tierra: “Yo soy nacido y criado acá, cumpita. Los isleños amamos mucho a nuestra isla”. Conoce cada rincón de Crusoe debido a que para cada uno de los 600 habitantes es el patio, una extensión de sus vidas y un motivo de orgullo.

Motivos no faltan. Históricamente este pedazo de tierra no tuvo poblamientos prehispánicos. No hay asentamientos primitivos ni pruebas de ello y los primeros antecedentes “humanos” se remiten a la llegada del navegante Fernández. Posteriormente, esta isla junto a la cercana Santa Clara, vecina por el extremo oeste, fueron visitadas de manera recurrente, cada cinco o seis años, por los navíos de corsarios y piratas que encontraron en la ínsula un lugar ideal para reabastecerse de agua y vegetales, sanar a los hombres enfermos y carnear las cabras que ellos mismos traían consigo y que terminaron dominando el territorio.

Durante la época de la independencia, la solitaria Crusoe sirvió como presidio de connotados intelectuales patriotas. Fue en 1876 cuando el barón suizo Alfred von Rodt, el verdadero causante de la colonización de esta tierra, llegó a Chile y vio su gran oportunidad en la vida: el gobierno arrendaba el archipiélago.

Von Rodt contagió de su ánimo empresarial a un centenar de chilenos, algunos italianos, alemanes, un portugués, un inglés, un francés, un ruso y un suizo. Quienes generaron el poblamiento que hasta la actualidad mantiene raíces y lazos en el medio millar de habitantes que subsisten en el pueblo de San Juan Bautista, la mayor parte dedicados a faenas pesqueras especialmente de la apreciada langosta.

Caminando por las empinadas calles del poblado, los foráneos deben cumplir el protocolo de saludar a cada persona. Es parte de su identidad, siendo muy bien visto el decirle “hola” a todos los vecinos que uno encuentra aunque sea segunda o tercera vez que la tope en el día.

La amabilidad de los isleños es afamada. Son capaces de ofrecer grandes banquetes y de llevarlo a recorrer toda la isla si usted cae en gracia.

Segundo tesoro: la historia de Selkirk alias Crusoe

Casi un par de horas desde que salimos de la pequeña ciudad, nuestro guía nos da la bienvenida al mirador de Selkirk. Ubicado a 565 metros de altura, es un punto desde el cual se ve toda la geografía isleña y con una gran profundidad visual sobre el océano. Se cuenta que todos los días, durante cuatro años y cuatro meses, un olvidado marinero escocés ascendía a ver si su suerte de aislamiento terminaría. En la actualidad, una gran placa explica la vida del visitante más ilustre que pisó la isla: Alejandro Selkirk.

En 1704, Selkirk era un tripulante más del afamado corsario inglés William Dampier, quien buscaba atacar el Galeón de Manila, barco con míticos tesoros transportados por los españoles. Producto de una disputa entre el oficial Stradling y Selkirk, cuando estaban en el archipiélago se determinó abandonarlo en la isla. Feroz castigo, más cuando la leyenda indica que quedó solamente con una Biblia, un cuchillo, un hacha y una provisión de alimentos y tabaco.

La suerte le permitió mantenerse vivo con los alimentos de la isla y el carneo de las cabras, sin embargo, el nivel de barbarie que fue ganando, debido al aislamiento y al inexistente lazo con seres humanos, estuvo a punto de imposibilitar que lo reconocieran cuando embarcaciones inglesas fondearon en la bahía de Cumberland, la principal de la isla, cuatro años y cuatro meses después de su forzado exilio.

Una vez que volvió a Londres, su historia fue conocida y difundida por diversos medios de comunicación que especularon con su vida. El material producido por la prensa dio pie para que el novelista Daniel Defoe se basara para la escritura del afamado libro “Robinson Crusoe”. Fue sólo en la década del ‘60 cuando se aprobó que la principal isla del archipiélago fuera conocida con el nombre del personaje de ficción.
 
Tercer tesoro: naturaleza única

Desde la altura del mirador, se observan la bahía Cumberland, el pueblo San Juan Bautista, el cerro Centinela y todo el horizonte sureste de la isla, donde nadie habita. La vista incluye una perspectiva de Santa Clara, asombrosa entre acantilados.

El parque nacional Juan Fernández tiene la importante tarea de mantener y preservar la naturaleza de características únicas que tiene el conjunto de islas formadas hace tres millones de años atrás.  El archipiélago contiene más de 400 especies de plantas, existiendo sólo una familia endémica en la isla Robinson Crusoe (Lactoridaceae).

Destacan la col de Juan Fernández (Dendroselis litoralis), mientras que variedades de neriifolia y pruinata se encuentran en peligro de extinción. También destacan la palma chonta, el naranjillo, el canelo y el manzano de Juan Fernández, el michay, la luma de más afuera, el Juan bueno, el mayú monte, el olivillo, la madera dura y diversos helechos trepadores y arbóreos.

Dentro de la fauna, se hallan en calidad de endémicos 11 tipo de aves y el lobo de mar de dos pelos (Arctocephalus philippi), que estuvo prácticamente desaparecido a principios del siglo XX, pero hoy goza de buena salud. El colibrí gigante, el cachudito de Juan Fernández, las fárdelas (en sus cuatro variedades), el cernícalo, el neque y el blindado de más afuera representan la riqueza faunística de la Crusoe.

A nuestro alrededor, la naturaleza convive, aparentemente, en buena salud. Sin embargo, como nos explica Schiller, quien fue funcionario de la estatal Corporación Nacional Forestal (Conaf), la isla Robinson Crusoe tiene serios problemas para mantener su gran patrimonio natural: “Tenemos una gran cantidad de endemismo, que se ha visto reducido por la entrada de animales y plantas foráneas. Por ejemplo, las cabras y los conejos han provocado una fuerte erosión del terreno”.

El Pacífico también reserva particularidades. Entre los peces, están el pampanito, el bacalao, el salmón de roca, la breca y la vidriola, pero más destacan los crustáceos. La langosta y el cangrejo dorado se han transformado en ícono culinario de Juan Fernández.

Cuarto tesoro: el tesoro

Los pobladores de esta isla tienen sabrosas historias que contar. Una de ellas es la que más le ha dado fama a la Robinson Crusoe y que, incluso, motivó la llegada de un robot de última tecnología en búsqueda de alguna pista, un indicio que mostrara dónde está el famoso tesoro de lord George Anson, escondido en 1741.

Se dice que constaba de 864 bolsas con oro, 21 barriles con piedras preciosas y joyas, 200 barras de oro, una rosa de esmeraldas y oro de dos pies de altura y 160 cofres con monedas de oro y plata.

Tal vez, por ello entre los aldeanos se guarda –aseguran- un mapa detallado del sitio del tesoro o debido a la fama de esta antiquísima fortuna hayan llegado millonarios extranjeros a excavar sectores de la isla.

Quizás el tesoro esté en otro sitio. Tal vez no es material ni de oro. Con seguridad, un buen viajero sabrá que la verdadera riqueza de la isla Robinson Crusoe está en su gente, naturaleza e historia.

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