Bicentenario: millones bailan en Chile al son de la danza nacional

Aunque los ritmos foráneos también seducen, el baile es uno de los ritos folclóricos más arraigados en el país para las Fiestas Patrias.

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En la comuna de La Reina, ubicada a las faldas de los Andes y pasados los barrios de Ñuñoa y Providencia, en Santiago de Chile, se realiza un evento anual el cual será replicado cientos de veces en las escuelas de todo el país. Subiendo la ladera, se deja el centro de la ciudad capital a la distancia.

Padres y niños de la vecindad se reúnen en el patio de una escuela, que ha sido transformado por el día en una piscina de colores, sabores y tradiciones. La semana de Fiestas Patrias quedará plasmada en la memoria de cada niño con imágenes de la bandera chilena flameando desde las ventanas, de cintas que adornan Santiago y de sus padres y abuelos comiendo, bebiendo y disfrutando en familia.

El patio ha sido cubierto con malla verde para hacer sombra y sobre las brillantes baldosas se encuentran puestos vendiendo comida chilena y latinoamericana. El más concurrido y rodeado por los padres más cool vende el tradicional asado chileno, anticuchos, empanadas y choripanes. Otros puestos venden ceviche peruano -pescado cocido en jugo de lima y limón, servido frío- vinos y bebidas locales, pasteles con manjar y banderitas para pinchar en las salchichas.

En un extremo del patio, el ritmo de las palmas y el canto de voces acompañan a un coro vestido de colores vibrantes que interpreta la tradicional cueca. Aplaudiendo, tres parejas jóvenes bailan al ritmo de las danzas tradicionales, con las espuelas de sus botas sonando de acompañamiento.

Las damas o “chinas”, se visten con brillantes vestidos floreados y el pelo amarrado con cintas en dos trenzas. Los hombres llevan chaquetas negras cortas, cinturones, mantas y colgajos alrededor de la cintura, botas altas, corraleras, espuelas y los tradicionales sombreros de copa baja y borde plano. “Emperifollado”, dice uno de los cantantes con orgullo, “bien arregladito”.

Tras formarse las parejas frente a frente, el hombre se acerca a la mujer ofreciéndole su brazo y dan un paseo mientras que la música comienza. Luego el hombre deja a la mujer y comienzan las palmas. Los bailarines se mueven con movimientos circulares, trazando semicírculos y girando cuando cantan “¡vueeelta!”. El hombre la seduce y la mujer le coquetea con timidez, llevando un pañuelo en la mano derecha que utiliza en el baile mientras se cubre parte de la cara.

La cueca significa mucho más para estas personas que un pasatiempo divertido. “Está en mi sangre”, dice Jaime Moya, fundador del grupo folclórico Verdigal INE. “Yo nací en el campo, estas son mis canciones y esta es nuestra danza”.

Las cuecas son tanto una manifestación de la identidad regional como un motivo de orgullo nacional;  las vestimentas usadas y canciones interpretadas son tan únicas como las regiones donde se originaron.

En el extremo sur de Chile, los hombres usan sombreros de lana oscura y chombas gruesas mientras que las mujeres usan chales tejidos a mano alrededor de sus hombros. Mientras nos acercamos más al norte, la música y la vestimenta cambian. Los sombreros anchos de las regiones centrales dan paso a sombreros de borde delgado influenciados por la cultura altiplánica del Perú y Bolivia entre los desiertos y valles de Atacama.

La manera de vestir y bailar, incluso puede representar el estatus social. Una figura elegante, que sospechosamente pareciera ser la directora, se abre paso entre la multitud y toma el micrófono. Está vestida con un sombrero negro de ala ancha, una chaqueta color crema con cuello de encaje y una falda negra hasta el tobillo. “Este vestido representa la cueca de salón”, cuenta Moya. En contraste a la imagen floreada de las ‘chinas’, esta ropa es representativa de dueños de fundo y patrones. Incluso hay una cueca urbana llamada “cueca brava” que sólo es bailada en las ciudades.

Pero la cueca tiene su competencia. “En Santiago, si vas a una ramada, tocan tres cuecas y después cumbia y otros ritmos”, dice Moya, preocupado de que Chile pueda estar perdiendo sus raíces con la presencia de otras músicas latinoamericanas como la cumbia (Colombia), salsa (Cuba) o reggaeton (Puerto Rico). “Muchos de los chilenos ni siquiera saben cómo definirla correctamente”.

Mirando a los niños en el patio observando los pies de los bailarines mientras toman jugo en caja con pajitas, se hace difícil pensar que esta forma de baile se vería amenazada. Moya, quien aprendió la métrica a través de la investigación solitaria en bibliotecas y que ahora dirige un grupo de cantantes y bailarines de cueca, tal vez se inspiró en experiencias similares de su infancia.

De todos modos, celebró que muchas bandas de jóvenes chilenos están incorporando cueca en su repertorio, y una breve mirada por sitios web independientes como “Cultura y Movimiento” muestra una generación de jóvenes dispuestos a bailar cueca durante muchos años más.

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