Pan de Azúcar: la música en un paisaje inesperado

La Orquesta de Cámara de Chile realizó un concierto en el corazón del desierto de Atacama para una audiencia de cientos de personas incluyendo varias autoridades.

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El parque nacional Pan de Azúcar, donde las áridas pendientes del desierto de Atacama se encuentran con las frías y grisáceas aguas del Pacifico, más de 800 personas se reunieron para la interpretación de la Orquesta de Cámara de Chile bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo. A pesar de los helados vientos provenientes del mar y de las gruesas nubes grises sobre los cerros, los buses municipales gratuitos partieron de pueblos cercanos llenos de espectadores –desde puntos como la ciudad costera de Caldera a 90 minutos al sur por la costa; la capital Copiapó, a más de dos horas y media, o el pueblo minero de Chañaral, que pareciera caer de las montañas al mar en la entrada del parque.

Ubicada en el norte de Chile, la Región de Atacama es una estrecha franja de escarpadas colinas, carreteras rectas a través del desierto vacío y caminos de tierra que pasan entre los polvorientos pies de los Andes al montañoso altiplano en la frontera con Argentina. A lo largo de estos tramos de autopista, camiones y buses transportan trabajadores desde y hacia las minas de cobre y oro más productivas del país, la principal fuente de riqueza de Chile y el alma de la región.

A lo largo de la Panamericana Norte, la carretera que pasa por Copiapó, se leen grandes carteles que dicen “Fuerza mineros”, un recordatorio constante de los esfuerzos de rescate que está teniendo lugar en la mina San José, una hora hacia el norte. Desde que fueron hallados con vida los 33 obreros a 700 metros de profundidad, esta situación que causa tanto suspenso como celebración, ha definido la realidad de la región minera y ha atraído un sinnúmero de medios de comunicación internacionales.

Incluso en circunstancias normales menos estresantes que ésta, la población en gran parte de clase trabajadora, es un público inusual para un concierto clásico de orquesta, en especial uno compuesto de las obras menos conocidas de Beethoven y del autor contemporáneo chileno Carlos Zamora. Debido a las circunstancias, el concierto parecía casi impensable. Sin embargo, demostrando su resistencia característica, los chilenos se presentaron en masa. Mucho antes que el concierto comenzara, los 500 asientos ya se habían llenado de niños escolares, grupos religiosos y familias. Los que no pudieron encontrar asientos, se quedaron de pie o realizaron picnics en las rocas cercanas.

Nuevos comienzos para simbolismos antiguos
Programado como un evento nacional del Bicentenario, el concierto en Pan de Azúcar tuvo resonancias culturales, simbólicos, y musicales.

La actividad sirvió para conmemorar el aniversario número 25 de la designación de Pan de Azúcar como un área silvestre protegida. Con la presencia del Presidente Sebastián Piñera, la primera dama Cecilia Morel, los ministros de Cultura y Minería, Luciano Cruz-Coke y Laurence Golborne, el evento inevitablemente, dirigió su atención a los mineros atrapados. Antes de que comenzara la música, las familias de los mineros, representada por el hijo del obrero Pablo Rojas, presentaron al mandatario una bandera chilena firmada por “los 33”.

Tales contrastes definieron el evento desde sus inicios, entre ellos la controversial fecha del concierto. A pesar de la notable capacidad de Chile para unirse frente a desastres como el terremoto de febrero y el reciente colapso de la mina, las divisiones políticas y culturales siguen profundamente arraigadas y más aún en un día con tanta carga política como éste.

Según el conductor Juan Pablo Izquierdo, el hecho de que el concierto coincidiera con el aniversario número 37 del golpe militar de Pinochet fue fortuito.

“Creo que es muy significativo, porque tal vez hace un par de años se hubiesen preguntado ‘¿Por qué el 11 de septiembre? ¿Es a favor o en contra?’ En mi opinión, ahora no es ni uno ni otro. Es sólo otro día en el calendario así que sigamos adelante. Me refiero a avanzar, lo que no significa olvidar… Hay una memoria que no se puede borrar, pero hay una actitud que se debe cambiar”, reflexionó.

Mientras el público le pedía a la orquesta un bis, se hizo claro que habían venido al concierto por nada más que por la música. Al ofrecer un concierto gratuito de libre acceso, el Ministerio de Cultura y las máximas regionales han ayudado a demostrar el poder que tiene el arte de cruzar límites geográficos y económicos.

Cruz-Coke comentó que “estamos aquí porque hoy es un día de unidad”, trazando una línea implícita entre las divisiones históricas del día, y el poder curativo de las artes. “Aquellos que trabajamos en cultura sabemos exactamente el poder transformador que tiene… no es un lujo ni un accesorio, sino que una herramienta para el desarrollo social”.

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