El pueblo chileno muestra sus verdaderos colores en una extraordinaria demostración de solidaridad con los mineros atrapados

Mientras que la operación de rescate en el norte de Chile atrae más y más atención por parte de los medios de prensa del mundo, la lucha para transmitir noticias deja al margen otra extraordinaria historia: el abrumador apoyo y solidaridad mostrada por el resto del país.

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Héctor Quiero, alcalde de una de las ciudades más afectadas por el terremoto de febrero, llegó a la mina donde los 33 mineros están atrapados durante la tarde del domingo. Desplegando una bandera cubierta con las firmas de los residentes de Licantén, le mencionó a la prensa la razón por la cual había venido: para donar en nombre de la gente de su pueblo 2.000 bandejas de pescado congelado, 150 kilos de vegetales como porotos, garbanzos y lentejas y 30 frascos de mermelada de papaya para las familias en el “Campamento Esperanza”.

 

“Es nuestra manera de agradecer al Norte por toda la ayuda que nos ofreció a principios de este año”, dice Marcelo Valenzuela, un oficial de pesca de la ciudad sureña quién perdió su casa en el terremoto del 27 de febrero. La región de Licantén no fue solamente devastada por el terremoto de magnitud 8,8 que azotó el sur alrededor de Concepción, sino que fue afectada por un tsunami 1 hora después.

 

Tras el terremoto, nueve municipalidades de Chile, gobiernos regionales y varias empresas mineras locales de los alrededores de Copiapó se unieron para ayudar a que Licantén volviera a establecerse como un importante centro de pesca artesanal.

 

Héctor Quiero puso personalmente en marcha la iniciativa para ayudar a las familias en el lugar del rescate llamada “Devolverle la mano a la gente del norte”. Mientras conversa con la prensa, la comida que trajo es descargada de los camiones a tres cocinas improvisadas en donde los voluntarios han estado trabajando día a día para proporcionar alimentos a los cientos de personas que acampan en el lugar.

 

Este tipo de donaciones provenientes de todo Chile no son inusuales, dice Rosa Rivera, una funcionaria municipal de la localidad de Caldera quien ha estado trabajando en las cocinas durante 5 semanas. Se une a un equipo de voluntarios que se mantienen despiertos tomando té y café, haciendo sándwiches y limpiando después de que los mecánicos, carabineros, trabajadores sociales, psicólogos, la prensa y los familiares entran a comer a todas horas.

 

Comenta que sólo unos días antes, un cargamento de 11 toneladas de hortalizas llegó de Quillota, al norte de Santiago. “Todo el mundo ha llegado con algo, todas las empresas y supermercados locales, todo el mundo quiere ofrecer algo.”

 

A más de dos meses desde el colapso que atrapó a los mineros, el sitio se ha convertido en una pequeña ciudad. Algunos familiares han vivido en lo alto de la montaña desde que se anunció el desastre el 4 de agosto.

 

Mientras permanecen juntos para mantener viva la esperanza y energía, mantener la moral es un desafío logístico que sería imposible de lograr sin la buena voluntad y el apoyo de otros chilenos.

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