Reconocido economista Jeffrey Sachs en el New York Times: ‘Chile importa’

El asesor especial del Secretario General de la ONU y director del Earth Institute de Columbia University de Nueva York afirmó que Chile está emprendiendo “reformas que marcan una pauta y que probablemente se convertirán en un puente económico, comercial y financiero entre China y Latinoamérica”. A continuación presentamos el artículo completo sobre su reciente visita a Chile, publicado en el prestigioso periódico estadounidense.

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Publicado en el New York Times
Por Jeffrey D. Sachs

 

SANTIAGO, CHILE – El emocionante rescate de los 33 mineros chilenos mostró un país con poder de acción. Fue la segunda crisis de Chile después del mega-terremoto que azotó el sur del país en febrero, y en ambos casos la nación se unió tras una respuesta rápida y eficaz.

 

Chile está en una etapa de recuperación después de los desastres, demostrando nuevamente que los países pueden, en ocasiones, aprender de sus trágicos errores. Consideremos, por ejemplo, cómo Alemania mantiene un nivel de prudencia fiscal 87 años después de su infame hiperinflación.

 

En una reciente visita a Santiago,  tuve la posibilidad de ver personalmente cómo Chile ha aprendido algunas profundas lecciones de moderación, cooperación e innovación, después de haber experimentado una época desastrosa de extremismo político y dictadura militar en los 70′s y 80′s.

 

Chile importa. Es la economía más competitiva de América Latina, la más alta en el ranking anual de competitividad del Foro Económico Mundial (30° a nivel mundial este año y muy por delante que cualquiera de sus vecinos). Es una de las economías más ricas de la región, con un ingreso per cápita superior al de Argentina y Brasil. Chile cuenta con reformas que marcan una pauta y que probablemente lo convertirán en un puente económico, comercial y financiero entre China y América Latina.

 

Claramente, hoy cualquier viaje desde los Estados Unidos a un mercado emergente levanta el ánimo. La política estadounidense está más deprimente que nunca, repleta de mediocridades que repiten estupideces sobre recortes de impuestos, mientras la economía se hunde en la deuda.

 

Sin embargo, mi viaje a Chile fue especialmente placentero por tres razones.

 

La primera es personal: aceptar una invitación de un premiado ex compañero, el presidente Sebastián Piñera y un de ex estudiante y co-autor, el ministro de Hacienda chileno Felipe Larraín.

 

La segunda razón fue ver a una economía que funciona. A pesar del devastador terremoto de febrero, uno de los más fuertes en la historia, y una fuerte caída después de la crisis financiera de Wall Street en 2008, la economía de Chile está creciendo rápidamente y parece que va a seguir haciéndolo por lo menos a un 6% anual durante la próxima década.

 

Pero la tercera razón es igual de interesante: ver un sistema político que vuelve a funcionar tras un devastador colapso.

 

Chile pasó por la mortal agonía del brutal golpe militar de Augusto Pinochet en 1973, en una sociedad que había sido hecha pedazos por los extremismos de izquierda y derecha. Siguieron diecisiete años de dura dictadura militar. Las mejoras económicas durante los últimos años del gobierno militar no pudieron curar por si solas la profunda herida y de una sociedad dividida.

 

Lo que los chilenos de todos lo sectores reconocieron a partir de 1990 es el valor social irremplazable de moderación, la confianza, el respeto por el conocimiento y la búsqueda de la verdad en la gestión pública. En los Estados Unidos, por el contrario, la propaganda política se vuelve cada vez más extrema. La demonización de Barack Obama por parte de la derecha, como un socialista extranjero e islámico, juega cínicamente con los fuegos del odio. Hoy los chilenos saben que ese camino lleva a la ruina.

 

Desde Pinochet, han habido cinco presidentes en Chile: Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Piñera. Todos enormemente talentosos, moderados y repletos de integridad.

 

Chile no sólo ha estado libre de divisiones en las últimas dos décadas, sino también de escándalos de corrupción importantes. En la Global Competitiveness Survey del Foro Económico Mundial, Chile se ubica muy por delante de los Estados Unidos en cuanto a calidad de las instituciones políticas, así como también en la ausencia de favoritismo político y sobornos.

 

Estos líderes chilenos de clase mundial han sido llamados a cumplir con sus deberes regionales en reiteradas veces. Ricardo Lagos se desempeña como enviado mundial para el cambio climático para el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon. Por su parte, Bachelet acaba de convertirse en la encargada de la agencia ONU Mujer, la nueva organización para promover los derechos de la mujer.

 

Pasar un par de intensos días explorando las opciones económicas de Chile es ver una formulación de políticas modernas en su máxima expresión. El gobierno opera con una visión a largo plazo de sustentabilidad fiscal. En vez de pasar por “estímulos” abiertos e inalcanzables recortes de presupuesto como en los Estados Unidos, Chile opera de acuerdo a una regla presupuestaria que impone el equilibrio sobre el ciclo económico. El presupuesto se mantiene en superávit durante épocas de auge con el fin de financiar los déficits de los malos tiempos.

 

Estas normas políticas son el resultado de una reflexión y un estudio cuidadoso. El gobierno de Piñera ha creado varias comisiones para estudiar los complejos desafíos de la política económica, asesorándose con ex funcionarios y expertos académicos de todas las tendencias políticas. Los informes luego se convierten en políticas astutas y consensuadas.

 

Cuando ocurrió el terremoto de febrero, el ministro de Hacienda Larraín fue capaz de formar un amplio consenso político sobre un audaz y responsable plan para financiar la reconstrucción. Esta fue una importante y elegante hazaña para un desastre que ha costado alrededor del 18% del PIB en pérdidas económicas. Para la economía estaudinense, sería equivalente a la pérdida de US$2 trillones.

 

Pero el país volvió a rugir. El rápido crecimiento del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) debería ahora ser rebautizado como BRICC, con Chile pegado a China. Justamente, China se ha convertido en el principal socio comercial de Chile, desplazando a los Estados Unidos, y también en el destino de las crecientes exportaciones chilenas de cobre. De esta forma, Chile se puede convertir en el centro de negocios de China en América del Sur.

 

En un intenso debate con Piñera, Larraín y sus equipos de expertos, los líderes de Chile miran hacia adelante haciendo preguntas y proponiendo soluciones para mejorar la calidad de la educación; ofrecer una salud asequible, y promover las energías sustentables y la innovación tecnológica. Chile cosechará los beneficios de esta profunda inversión en el futuro. Y tal vez las sociedades divididas por pasiones aprenderán de Chile antes de tener que aprender trágicamente de sus propios errores.

 

Publicado en el New York Times, 20 de octubre de  2010

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