Cabo de Hornos, donde acaba el continente

El sur del sur. El punto más remoto de América. Más allá, sólo el océano, la Antártica, el fin del mundo.

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Es un lugar clave en la historia de la navegación desde su descubrimiento en 1616 por parte de una expedición holandesa liderada por Willem Schouten y Jacob Le Maire, que buscaba una ruta alternativa para unir los océanos Atlántico y Pacífico y quienes lo denominaron Kaap Hoorn por la ciudad holandesa de Hoorn, donde había nacido Schouten. El cabo de la isla Hornos, meseta de 425 metros de altura, se transformó en el ícono de los navegantes que aún hoy enfrentan  grandes vientos huracanados y olas gigantes habituales en el sector.

No sólo es un símbolo de pericia marinera, también es un tesoro natural y cultural en medio de parajes de destacada belleza. Se caracteriza por la presencia de la formación vegetal de turberas y desierto frío de Cabo de Hornos, que se asocia con fauna como el cisne coscoroba, cóndor y lile.

Es un importante centro de anidación del pingüino de Magallanes y del pingüino Antártico. Parque Nacional desde 1945 y Reserva Mundial de la Biosfera desde 2005..

El viento sopla vigoroso cuando los barcos de turismo se acercan al desembarco sobre el Cabo. Las posibilidades de realizar un descenso dependen únicamente de la benevolencia del clima.

Hay una larga escalera que lleva a la cima de la isla, donde pasarelas de madera avanzan sobre la turba, especie de pantano patagónico, para llegar a los tres hitos del lugar: las casas de las familias de oficiales residentes, quienes sellan los pasaportes con el timbre del lugar; el faro monumental, una foto obligada, y la escultura del albatros, ceración de José Balcells, que corona la vertiente sur de la isla y sus enormes precipicios.

Es uno de los puntos donde realmente se siente el poder de la naturaleza.

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