Volantineros: lúdica tradición chilena se resiste al olvido

Llegado a Chile con los monjes benedictinos en el siglo XVII, el volantín se hizo rápidamente parte importante de la chilenidad. Muchos son los cultores que siguen promocionando su confección y práctica más allá del mes de septiembre, como una manera de profundizar el espíritu patrio.

volantines

“Para los inventores orientales, el volantín se trataba de una parte importante de la vida, para nosotros –en cambio- es más bien parte de un juego”, comenta Boris Prado a ThisisChile.cl. Él encarna la tercera generación de una familia de volantineros artesanales.

Los cometas forman parte esencial del panorama de las Fiestas Patrias chilenas. Septiembre es sinónimo de ramadas, asados, cervezas, vino, cueca y –por supuesto- de volantines, que hicieron sus primeras apariciones en Chile a fines del siglo XVII, durante el período colonial.

Su larga presencia en el país (algo más de tres siglos) se explica porque engloban una mezcla de atractivos: son un juego transversal, practicado tanto por las clases altas como las bajas; implica habilidades y destrezas que se ponen en competencia; y además, la forma en que se hacen requiere de técnicas y alta dedicación.

Prado mantiene, de hecho, la misma tradición de su abuelo y su tío abuelo para hacerlos: con un cuchillo punzante corta con prestancia y seguridad coloridos papeles de seda en perfectos patrones geométricos, que une y los pega con delicadeza; luego –como finos esqueletos- forma una especie de cruz con dos finas cañas de madera que sirven como pequeño soporte a la estructura total. Finalmente, incluye los diseños. Tal cual lo hacían sus antepasados.

Manteniendo la tradición

Claro, relatado así puede sonar hasta fácil. Pero lo cierto es que cada paso requiere no sólo certeza en su consecución, sino que –además- precisión, estética y sobre todo eficiencia. Un volantín puede ser muy bonito, pero si no es capaz de mantenerse en el aire y moverse de la forma en que lo requiera quien lo encumbra, sencillamente no sirve. Y será, inexorablemente, reemplazado. Por todo eso, un buen volantín puede tomar días en ser confeccionado.

Durante septiembre, cuando el cielo de Chile se ve cubierto de cometas, Prado construye por lo menos 100 de características especiales para las competencias. Son varios los clubes existentes en el país que se reúnen durante el año a cultivar la tradición de encumbrar volantines. Tal como su abuelo y su tío abuelo, Prado forma parte de la mayoría de ellos.

Como también de la Feria Internacional de Artesanía que cada año organiza la Universidad Católica, a la que lleva entre 30 y 40 piezas de volantines de competencia. A eso suma el hecho de que enseña las técnicas de confección en varias escuelas, como una forma de incentivar la tradición entre los más jóvenes.

Cuando se pierde el nexo a tierra

La vida moderna que ha tomado Chile en las últimas décadas atenta, sin embargo, contra la experiencia de los volantines. La entrada de la tecnología y sus juegos virtuales hoy resulta más atractiva, especialmente, entre los niños de centros urbanos. “Cada vez más ellos prefieren interactuar con sus computadores”, comenta Prado.

Además, el avance de las viviendas origina que disminuyan los espacios abiertos en donde practicar el difícil, pero entretenido juego de encumbrar volantines.

Así y todo, porfiado como el espíritu que le gusta promover a los chilenos, el volantín se resiste a morir. Especialmente en los grupos sociales más populares, en donde –a pesar de que la tecnología también ha penetrado- aún existe un mayor cosquilleo por la destreza manual que ante un computador.

Se trata, además, de una entretención barata. Y particularmente sociable. Estimula la convivencia, el trabajo en equipo y también las habilidades propias. Implica, además, otra experiencia muy atractiva, especialmente para los niños: cuando compiten dos volantines en un duelo directo, uno de los dos cae producto del contacto entre los hilos que los sujetan.

Cuando el perdedor pierde su nexo con la tierra, se inicia un desconocido periplo que sólo el capricho del viento dilucida. Y que los niños observan con entusiasmo, persiguiendo por donde sea el cometa caído. Atraparlo, ojalá, antes de que haga contacto con el suelo, es un desafío tan grande y difícil como intentar elevarlo.

Testimonio de chilenidad

En su taller de la comuna de Ñuñoa, al oriente de Santiago, Prado mantiene cajas con variados diseños, patrones geométricos, diversas texturas, sin estar completamente terminados. Y la verdad es que no hace dos volantines iguales. Cada parte, cada raya, círculo, cuadrado o triángulo que intenta es distinto a otro.

Los rascacielos pueden transformarse en los nuevos símbolos de la vida moderna de un país que se desarrolla cada día más, pero tal cual ocurría con los jóvenes misioneros benedictinos en el siglo XVII, que se divertían elevando cometas en los distintos lugares de Chile en el que estaban destinados, el espíritu lúdico de los volantines no muere en el inconsciente colectivo de los chilenos.

Puede que sólo en septiembre cubran los cielos de Chile, pero personas como Boris Prado se encargan de que su tradición, su espíritu y su presencia sigan siendo un testimonio del Chile más profundo.

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