Vuelven a Chile astrónomos que descubrieron sitio para ALMA

Tras 19 años, científicos regresaron al desierto de Atacama, donde finalmente se instaló el observatorio.

Por Cristina Espinoza*

Robert Brown era subdirector del estadounidense Observatorio Nacional de Radioastronomía (NRAO) en 1994, cuando subió por primera vez al llano de Chajnantor, en la región chilena de Antofagasta, en el desierto de Atacama.

Quedó sin habla. No sólo por estar a 5.000 metros de altura, donde el oxígeno es más escaso y el aire más seco, sino que el paisaje lo conmovió. “El altiplano parecía ser eterno”, recuerda 19 años después, cuando en el lugar hay más de 60 antenas para explorar el universo.

Entonces, ALMA ni siquiera se llamaba así, pues estadounidenses, japoneses y europeos buscaban por separado lugares para instalar su radiotelescopio.

Por la parte norteamericana, Brown llevaba 14 años explorando sitios. Había pasado por Arizona y Nuevo México, pero ambas resultaron muy húmedas, mientras que Mauna Kea, en Hawái, donde la atmósfera era más seca, la superficie no era lo suficientemente plana. “El altiplano, en cambio, era grande, plano y de gran altura. Perfecto”, dice.

Junto a Brown, otros tres astrónomos componían el equipo de búsqueda en Chile: Paul Vanden Bout, entonces director de NRAO, Ricardo Giovanelli, de la U. de Cornell, y Hernán Quintana, de la U. Católica, además de Geraldo Valladares, técnico de Cerro Tololo, y Angel Otárola, ingeniero de ESO. Recorrieron varios kilómetros desde las regiones chilenas de Coquimbo a la de Antofagasta, además de otros en Bolivia y Argentina.

“Después de cuatro o cinco días de recorrido en la Región de Antofagasta, el último día fuimos a San Pedro de Atacama. Ellos querían ir a los faldeos del volcán Láscar, pero los convencí de subir a Chajnantor”, cuenta Quintana. No había camino, pero sí una huella.

“Fue una aventura muy divertida, aunque a veces preocupante”, recuerda Giovanelli. Es que en el camino, una de las camionetas donde subían se “apunó” y sólo la mitad del grupo logró subir en el primer intento. A esas alturas tampoco tenían dispositivo para medir el vapor de agua, pues se quebró al golpearse con los saltos del camino hacia Ollagüe, al norte de la ciudad chilena Calama.

“Cuando subíamos a Chajnantor, el camino no estaba pavimentado, era de tierra y muy difícil de transitar. Pero cuando llegamos estaba claro que era el más indicado, lo mejor que la naturaleza podía proveer”, agrega.

Cada una de las 66 antenas que componen el radiotelescopio ALMA pesa alrededor de 100 kilos y debe ser movilizada para funcionar como un interferómetro o como un gran radiotelescopio de hasta 16 kilómetros.

“La atmósfera sobre el sitio debe tener muy poco vapor de agua, porque eso crea una niebla que hace poco visible objetos difíciles de ver”, dice Brown. “El frío del altiplano hace que el vapor de agua se transforme en hielo y eso no molesta”, agrega Quintana.

El viaje a Ollagüe, donde perdieron el aparato para medir la humedad atmosférica, les dejó como lección que el camino a ALMA debía ser pavimentado y cercano a un pueblo que pudiera proveer lo necesario a los trabajadores. El altiplano al este de San Pedro era el único lugar con esos criterios. Chile, además, ofrecía estabilidad política.

“Recuerdo que tras conducir varios kilómetros hacia el altiplano, paramos cerca de una gran roca. La escalé y con mi cámara tomé varias panorámicas. En la roca, entusiasmado le dije a Geraldo: ¿Puedes ver lo hermoso que será este lugar con las antenas extendiéndose a través del altiplano? Geraldo respondió calmadamente: “Bob, este lugar ya es hermoso así como es, sin antenas. Estaba en lo cierto, por supuesto”, concluye Brown.

*Fuente: diario La Tercera


Imagen: gentileza ESO/B. Tafreshi (twanight.org)