En Santiago

Locatarios de La Vega: parte de la historia viva de Chile

Cientos de miles de residentes de Santiago compran a diario en el mercado de abastos más grande de la ciudad y lo mantienen vivo por un siglo.

viernes, 15 de octubre de 2010  
Patricio Herrera, hijo del dueño de este puesto de frutas, pesando manzanas para un cliente en el me Patricio Herrera, hijo del dueño de este puesto de frutas, pesando manzanas para un cliente en el mercado La Vega.

Para los vendedores de frutas y verduras que mantienen La Vega en funcionamiento, la búsqueda por los mejores productos comienza temprano cada mañana, mientras gran parte de Santiago duerme.

 

Bajo la luna, agricultores y vendedores de todo el país manejan camiones de frutas y verduras frescas hasta la periferia de este masivo mercado de frutas y hortalizas. Aquí, los locatarios se reúnen para elegir los mejores productos para vender en sus puestos.

 

Los locatarios de La Vega como Patricio Herrera, Luis Humberto Arancibia y Arturo Guerrero llegan entre las 4 y las 5 de la mañana a conseguir los mejores productos del día. En ese feroz ambiente de libre mercado, "si llegas tarde, obtienes sólo lo que sobra", dice Arancibia.

 

Los días comienzan temprano y terminan alrededor de las 6 de la tarde, cuando los puestos empiezan a cerrar. La mayoría de locatarios no se toman días libres. "Yo trabajo todos los días, de lunes a lunes, los 365 días del año", agrega.

 

"La Vega no es un lugar fácil para trabajar", concuerda Herrera. 

 

La Vega ofrece no sólo productos frescos a precios bajos, sino que también un viaje sensorial al pasado de Chile. Herrera comenzó a trabajar con sus padres en el mercado cuando tenía 11 años. "En los últimos 25 años las cosas han cambiado poco", dice, apoyado en su puesto de esquina, mientras mira a su hijo Patricio y su asistente Pedro sacarle brillo a las manzanas, pesar bolsas de frutas y cargar los carros de los clientes.

 

Cada mañana, compra unos 20 kilos de plátanos, los que vende el mismo día. Alrededor de tres veces a la semana, compra frutas que se tardan más en madurar como manzanas y naranjas para vender en un lapso de entre tres y cinco días. En estas jornadas de compras grandes, adquiere 20 kilos de manzanas verdes Granny Smiths y 300 kilos de naranjas, aproximadamente el peso de un caballo pequeño.

 

Cientos de miles de personas pasan por el mercado de 60.000 metros cuadrados cada día, algunos para hacer las compras del día, otros para comprar a granel para las próximas semanas. "Aquí, hay algo familiar, donde la gente pasa y conversamos... es algo más personalizado", dice Herrera.

 

Las familias han mantenido La Vega funcionando por generaciones. Al igual que Herrera, Guerrero comenzó a trabajar aquí con su padre cuando aún era un niño. "Yo nací en La Vega", dice. Fernando Alvarado, carnicero por más de 20 años, es la tercera generación en su familia que labora allí. "Todos los carniceros son así", dice señalando a las otros puestos cercanos.

 

No todos los locatarios se iniciaron en un negocio familiar. Arancibia comenzó su trabajo en La Vega hace casi 40 años empujando una carretilla. A partir de ahí se convirtió en un empleado en un puesto de frutas, subiendo de cargo hasta comprar el suyo. Pese a ello, se refiere a sus compañeros locatarios como una “familia".

 

Los compradores pueden encontrar casi cualquier cosa a lo largo de los estrechos pasillos de La Vega, desde corazones e hígados y cabezas completas de cerdo, hasta papas, verduras congeladas y comida para perros. Aproximadamente, la mitad del mercado está dedicado a frutas y verduras frescas, que en Chile crecen todo el año gracias a su abanico climático. Según Guerrero, cerca del 98% de los productos de La Vega son nacionales. Solamente las frutas tropicales, como plátanos, piñas, mangos y cocos, son importados.

 

La puerta principal de La Vega se abre hacia Antonia López de Bello, una importante vía que atraviesa los barrios de Patronato y Bellavista. Detrás de la entrada al mercado se encuentran varios pasajes oscuros y estrechos alineados con tambores llenos de pepinillos, aceitunas, salsas, especias y cereales. Estos dan paso a jarros cuidadosamente arreglados de frutos secos y nueces, quesos y embutidos. Luego vienen los carniceros con todos los cortes imaginables de carnes en vitrinas de vidrio.

 

Las oscuras cavidades de la parte frontal de La Vega se abren hacia el mercado de frutas y vegetales. Aquí, el fresco olor de manzanas y cilantro reemplaza los olores más pesados de la carne y el vinagre. En estos locales se encuentran pilas de paltas (aguacates), naranjas y kiwis, racimos gigantes de apio, berenjenas, alcachofas, betarragas y zanahorias. En total, La Vega tiene más de 500 locales oficiales. Otros simplemente ponen sus productos para vender en cualquier espacio que quede.

 

La historia local dice que La Vega se formó de manera natural a lo largo de muchos años. Guerrero, designado el representante del mercado, pareciera saber toda la historia de La Vega y está dispuesto a compartirla. Los transeúntes lo llaman "El Ministro".

 

Aunque el mercado ha estado en este mismo lugar durante 100 años, dice que en realidad se remonta a casi el doble del tiempo. En un principio, se formó en el centro de la ciudad en la Plaza de Armas antes de trasladarse a diferentes lugares, tras lo cual se asentó en su actual ubicación.

 

"La Vega no es una estructura arquitectónica -dice Guerrero-, sino que una creación de muchas personas por necesidad, por lo que a veces se escapa de cualquier racionalidad. Los mercados hoy en día compiten por clientes con el marketing, pero La Vega nunca ha tenido que recurrir a eso: subsiste por su propia creación y ésa es su magia", puntualiza.


 

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