Teatro

Tantos años como el país tiene la dramaturgia nacional, cuyos protagonistas representan rasgos propios de la identidad de su tierra.

lunes, 06 de julio de 2009  
Teatro, La Negra Ester La Negra Ester (Photo:Juan Francisco Somalo)

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Enero es el mes del teatro en Santiago, donde se ofrece un amplio panorama de estrenos y funciones de múltiples grupos y obras para todos los gustos y edades. Mayor es el asombro del público con la visita de compañías internacionales de teatro callejero a festivales.

En 2008, la francesa Royal de Luxe llevó a la pequeña gigante, una niña de siete metros de altura y una tonelada de peso. Un año más tarde, el colectivo catalán La Fura dels Baus reunió a 70 mil personas frente al palacio de La Moneda, con Lola, una figura no menos imponente hecha de cobre.

Pionero y precursor de estos espectáculos masivos fueron Andrés Pérez y su compañía Gran Circo Teatro, que en 1988 montaron La Negra Ester, de Roberto Parra, con un impacto que marcó un antes y un después en las tablas chilenas. A partir de entonces, esta corriente se abrió a nuevos autores, motivando la creatividad y la experimentación.

Las claves

La primera sala de teatro en Santiago abrió sus puertas en 1810 y se llamó Coliseo. Aquel mismo año, comenzó el proceso de independencia del país. Uno de los autores de la época fue Camilo Henríquez, director del primer periódico chileno.  Desde ese momento, el arte dramático ha representando los diversos períodos históricos de la nación, con tonos realistas, trágicos y humorísticos.

En la primera mitad del siglo XX, tuvo singular protagonismo el llamado teatro obrero. Con el estímulo del dirigente político Luis Emilio Recabarren, esta corriente vivió su mayor auge entre los trabajadores de las oficinas del salitre y montó obras de corte realista y costumbrista. En 1936, se puso en escena Chañarcillo, del dramaturgo Antonio Acevedo Hernández,  obra que trascendió hasta hoy por su contenido social.

En la medianía del siglo XX y gracias al ímpetu de los grupos universitarios, adquirió gran impulso el teatro experimental. La generación del 50 fue la mejor representante del teatro experimental y sus exponentes clave fueron Luis Alberto Heiremans, Egon Wolff, Fernando Debesa, Sergio Vodanovic, Alejandro Sieveking, María Asunción Requena, Isidora Aguirre, Fernando Cuadra y Jorge Díaz. Todos, con distintos énfasis, incorporaron a sus obras la crítica social, la recuperación histórica y folklórica, sin renunciar a la búsqueda individual y trascendente.

Le siguió el teatro de creación colectiva, manifestación de los jóvenes de los convulsionados años 60. Los grupos Ictus y Aleph pertenecieron a este movimiento.

Camadas inquietas

A fines de los 70, comenzó un nuevo movimiento independiente, que eludió la censura con eufemismos y humor.  Aparecieron nuevos dramaturgos y compañías, entre los que se encontraban Juan Radrigán, Ramón Griffero y El Trolley; Mauricio Celedón y el Teatro del Silencio; Alfredo Castro y el Teatro de la Memoria.

En la escena actual, destacan colectivos como La Troppa, que surgió a fines de los 80 con Gemelos como su obra cumbre. Sus montajes se han caracterizado por la utilización de todos los recursos visuales posibles y por mezclar la estética del cine con las del cómic y el circo, elementos que se integran a creativos conceptos de escenografía,  iluminación y vestuario, y a un trío de actores que hace gala de dotes acrobáticas, hasta plasmar un espectacular lenguaje visual.

La Negra Ester, principal obra de Gran Circo Teatro,  fue escrita originalmente en décimas autobiográficas por Roberto Parra, hermano de los artistas Violeta y Nicanor. Representa la tragicomedia de un prostíbulo porteño, rescatando a un sector social arrabalero, con una banda de músicos que interpreta ritmos populares,  jazz guachaca y cuecas choras, y un elenco de actores que baila y canta en el escenario.

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