Chileno recorre el desierto de Atacama en busca de meteoritos

Biólogo marino Rodrigo Martínez es el creador del museo ad hoc en el pueblo de San Pedro.

Por Felipe Indo Solivelles*

Irónicamente, el biólogo marino y fundador del Museo del Meteorito, Rodrigo Martínez, dice que “ojalá que hubieran más eventos como el de Rusia”. La caída de ese fragmento de asteroide en la región de Cheliábinsk -que dejó un saldo de 1.200 heridos y daños por sobre los 25 mil millones de euros- atrajo el doble de público a su museo, ubicado en San Pedro de Atacama, y provocó que su celular no dejara de recibir llamadas de la prensa y de astrónomos.

Pero esta afición, que Martínez describe como “un hobby que se desarrolló más de la cuenta” y que lo ha llevado a tener una colección de más de tres mil piezas -asegura que es una de las más grandes del mundo-, tiene una historia que se remonta a 1986. Ese año, mientras acompañaba a su hermano geólogo en una excursión al cráter de Imilac, en la Región de Antofagasta, encontró su primer y “más bello” meteorito.

Meteoritos certificados por la NASA

Hoy, en pleno verano de 2013 y bajo cuarenta grados Celsius, Martínez dicta una charla a una decena de turistas (treinta diarios aproximadamente), entre alemanes, japoneses, chilenos y argentinos, que escuchan cómo se forma y evoluciona un asteroide. El anfitrión transmite su pasión por el tema en cada uno de sus movimientos y en la forma en que logra generar discusiones con niños, adultos y abuelos, que van desde el origen del universo hasta la existencia de seres extraterrestres. Estos últimos, aclara rápidamente Martínez, “aún son materia de especulación”.

Sus observaciones -basadas en sus años de experiencia- y análisis, cuenta, se basan en el método científico, y prácticamente todos los meteoritos que posee ya han sido enviados y certificados bajo un estricto protocolo por la NASA, el Cerege -un centro de estudios de la Universidad de Marsella-, y por la Universidad de California.

De museo itinerante al desierto de Atacama

El terreno donde se instaló con su familia y el museo en septiembre de 2012 pertenecía a sus abuelos, nacidos a principios de 1900 en San Pedro de Atacama, y hoy son 77 los meteoritos -incluyendo piezas únicas en el mundo-que Rodrigo Martínez expone al público en dos domos. Para levantar el proyecto comenta que el apoyo de su hija y su señora “fueron fundamentales”, ya que ellas también tuvieron que oficiar de guías en el museo cuando él se adentraba al desierto. Para sacarlo adelante se endeudó “hasta los codos” y, aunque las otras tres mil piezas que guarda en un búnker bajo tierra en Coquimbo pueden llegar a costar diez mil dólares el gramo de meteoro, no tiene pensado venderlas.

Antes había hecho muestras itinerantes en diversas ciudades del país, pero tras un inesperado éxito decidió radicarse en lo que es considerado como uno de los paraísos para la búsqueda de material que ha caído del cielo. Son justamente los llanos del desierto de la Tercera Región, donde la escasa humedad mantiene en perfectas condiciones los fragmentos de asteroides, donde Martínez entra a lo que él define como su “mundo perfecto”.

Descubriendo fragmentos que alguna vez fueron parte de una estrella

Aunque Martínez reconoce que su profesión es biólogo marino y, como tal, “el mar aún corre por mis venas”, al momento de salir en expediciones a buscar meteoritos, las cuales duran por lo menos un mes entero al año, entra “en una especie de trance, donde la soledad y el silencio me ayudan a concentrarme para ser más eficiente”.

Así es como descubrió que los mejores momentos del día para “cazar” meteoritos se reducen a tan solo sesenta minutos, “media hora antes de que salga el sol y media hora después de que se pone”. Es ahí cuando la escasez de sombra y las tonalidades ocres que reinan en el desierto “abren el paisaje y los colores propios y únicos de los meteoritos se dejan ver”. Colores que se asemejan al de una lata oxidada, cuando estos son “viejos”, o se presentan como figuras negras, brillantes, rugosas y con curvas perfectas, “que parecieran no tener símil en la Tierra”, en el caso de que hayan caído hace menos de 200 años.

Luego, ya a 3.427 metros de altura, Martínez entra en lo que describe como un “estado de meditación en que lo único que está en tu mente es la geología que rodea tu entorno”, y es en ese momento cuando “mentalizo las formas únicas de los meteoritos” y logra distinguirlos entre la infinidad de rocas del desierto.

En este escenario, con tan solo un par de lápices amarillos que poseen imanes en sus puntas, y que son capaces de comprobar el magnetismo propio de fragmentos que alguna vez fueron parte de una estrella, él logra verificar que lo que está observando es realmente un meteorito.

De cordillera a mar,”he recorrido casi todos los rincones del desierto”

Sentado en una hamaca detrás del museo, donde levantó su hogar, hoy Rodrigo Martínez se reconoce como un “naturalista”. Detalla con entusiasmo las aventuras de su “ejemplo a seguir”: Rudolph A. Philippi, un naturalista alemán que se radicó en Chile, recorrió el desierto chileno, describió por primera el meteorito de Imilac, y a quien el Gobierno honró confiándole la dirección del Museo Nacional de Historia Natural, a principios del siglo pasado.

Asegura también que “no podría vivir en Santiago, porque en esto vives a tu propio ritmo, y es fundamental la libertad y el contacto con el suelo”, y describe la sensación de encontrar un meteorito como “un golpe adrenalínico que te recorre entero y que te recarga para seguir adelante”.

Martínez se detiene a reflexionar un minuto y luego asegura que “de cordillera a mar, he recorrido casi todos los rincones del desierto”, agregando que, incluso, gracias a la cantidad de reliquias que este esconde -se ha tropezado tanto con artefactos precolombinos como con pertenencias de antiguos exploradores-, ha pensado en ampliar su museo para exhibir otro tipo de vestigios.

Y aunque confiesa que se siente “encarcelado en su propio museo”, ya que los tours diarios y mantener el complejo no le permiten salir a terreno -excursiones que implican pasar noches enteras acampando con 18° bajo cero-, Rodrigo Martínez comenta que no tiene contemplado abandonar su afición.

Se estima que cada día caen seis meteoritos de masa considerable al planeta, “así que queda mucho por descubrir”, afirma, y recuerda que el hecho de no tener un jefe ni tampoco empleados es a lo que debe su preciada “libertad”.

*Fuente: diario El Mercurio