Cine

Nuevas puertas se abren para el cine chileno que, a fuerza de talento y empeño, comienza a ocupar un lugar destacado y merecido en el panorama internacional, sin por ello olvidar sus raíces.

Raúl Ruiz. Fuente: Flickr
Raúl Ruiz. Fuente: Flickr
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Ficción y documental, emergentes y consagrados: Chile es una tierra de historias que parten de allí y se proyectan en todo el mundo. Y así es que nuevas puertas se abren para el cine chileno que, a fuerza de talento y empeño, comienza a ocupar un lugar destacado y merecido en el panorama internacional, sin por ello olvidar sus raíces. Porque es en ellas donde directores como Alejandro Jodorowsky, Alicia Scheron, Sebastián Silva, Andrés Wood, Pablo LarrainPatricio Guzmán, Sebastián Lelio o Domiga Sotomayor, entre muchos otros, encuentran el modo de expresar en imágenes la
rica herencia social y cultural que distingue a su país.

La producción cinematográfica chilena se ha vuelto prolífica y exitosa. Raúl Ruiz, fallecido en 2011, ejerce como máximo referente para las nuevas generaciones,  al tiempo que Alejandro Jodorowsky, autor de obras de culto, abre con su ejemplo nuevos caminos.

Adicionalmente, la geografía y los paisajes extremos del país son elegidos como locación para numerosas escenas de producciones extranjeras.

En los últimos tiempos varias películas chilenas han destacado en el circuito internacional de festivales, llamando la atención tanto de la crítica como del público. Algunas de las más recientes son La Nana y Crystal Fairy (Sebastián Silva), La buena vida (Andrés Wood), Gloria (Sebastián Lelio), Nostalgia de la Luz (Patricio Guzmán),  De jueves a Domingo (Dominga Sotomayor) y No (Pablo Larraín), nominada al Oscar como mejor película extranjera en 2013 .

Antecedentes relevantes

Si bien la primera realización cinematográfica nacional se remonta a 1910, la película muda El húsar de la muerte marcaría un auge de la promisoria industria local. Dirigida y protagonizada en 1925 por Pedro Sienna, narra la vida de Manuel Rodríguez, el guerrillero que hizo un aporte fundamental a la independencia del país.

Sólo en el período comprendido entre 1923 y 1927, se rodó en el país más de medio centenar de largometrajes argumentales, un hecho inusitado que no se repetiría hasta los tiempos actuales.

Tras la Gran Depresión, se reavivó la producción nacional. Una obra emblemática que plasmó el fenómeno fue Norte y sur (1934), el primer filme sonoro local, a cargo de Jorge “Coke” Délano.

El aporte extranjero en Chile no fue menos trascendente ni exitoso, con Verdejo gasta un millón (1941) y Entre gallos y medianoche (1942), del italiano Eugenio de Liguero, así como P’al otro la’o (1942), del argentino José Bohr.

Luego de una década floja, la de los 60 manifestó un nuevo impulso, sobre todo con la irrupción de creadores célebres, como Raúl Ruiz (Tres tristes tigres), Aldo Francia (Valparaíso, mi amor) y Miguel Littin (El chacal de Nahueltoro).

El golpe de Estado en 1973 significó el estancamiento del sector, producto del exilio de algunos realizadores y la censura. No obstante, hubo intentos exitosos, como los de Silvio Caiozzi, quien estrenó en 1979 Julio comienza en julio, y posteriormente llevó a la pantalla las obras del escritor José Donoso Historia de un roble solo (1982) y La luna en el espejo (1990).

Tardó la revitalización de la escena local tras la vuelta de la democracia. Fue recién en 1999 cuando se vio el verdadero retorno del público a las salas con El chacotrero sentimental, de Cristián Galaz, una comedia que escudriña en los vínculos amorosos de los chilenos a modo de radiografía social.

El cine de la transición tuvo hitos en Caluga o menta (1990), de Gonzalo Justiniano, o Taxi para tres (2001), con la incorporación de la marginalidad urbana y el humor negro.

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