Claudio Arrau

Aclamado en el orbe por las interpretaciones de los clásicos, tuvo una relación de dulce y agraz con su país, que -aunque tarde- lo reconoció con el premio que más agradeció en su carrera.

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Nacido en una familia de clase acomodada, sufrió la trágica muerte de su padre –médico de profesión- muy prematuramente debido a un accidente ecuestre, hecho que obligó a su madre a dedicarse a su oficio de profesora de piano, lo cual marcaría su vida futura. Considerado uno de los mejores intérpretes del siglo XX, Claudio Arrau exhibió su calidad de niño prodigio a los cinco años, en su primer recital en su natal ciudad de Chillán.

Con apenas siete años y ya avecindado en Santiago, en 1913 brindó en el palacio de gobierno un concierto para numerosas autoridades, entre las que se contaba el Presidente Pedro Montt. Maravillado por el talento del pequeño, el mandatario no dudó en concederle una beca de estudios en el Conservatorio Krause, donde sería pupilo de Martin Krause, discípulo de Frank Liszt.

No pasaría demasiado tiempo para que el chileno comenzara a recibir galardones y ofreciese sus recitales por toda Europa, con las mejores orquestas del momento. Antes de cumplir la mayoría de edad, ya había nombrado profesor en su alma mater, habiendo superado la prematura muerte de quien fuera su primer y único maestro.

El avance del nacionalsocialismo en Alemania se tradujo en la persecución de sus alumnos y algunas escaramuzas contra su mujer, la mezzosoprano de origen judío Ruth Schneider, con quien contrajo nupcias en 1937 y tuvo tres hijos. Dichas razones motivaron al artista a trasladarse a Nueva York, donde fundó la academia que lleva su nombre.

Bach, Chopin, Liszt, Mozart, Schubert y Beethoven formaban parte del repertorio que el virtuoso Arrau llegó a interpretar a América y que le valieron reconocimientos como la Legión de Honor (Francia), la medalla Hans von Bülow de la Filarmónica de Berlín, el Premio de la Música de la Unesco, la medalla Beethoven de Nueva York y el grado de doctor honoris causa en la Universidad de Oxford.

Tanto el éxito como los compromisos fueron alejando físicamente de Chile a Claudio Arrau, aunque nunca olvidó en sus contados viajes a Sudamérica su Chillán de origen, urbe emplazada 400 kilómetros al sur de Santiago.

El galardón más importante y agradecido de su carrera fue el tardío Premio Nacional de Arte, concedido en Chile en 1983, la misma temporada en que celebró sus 80º cumpleaños en el Lincoln Center de Nueva York, y que posibilitó el retorno tras 17 años.

“Ser reconocido por la gente y la tierra donde uno nació es, para mí, la consagración indispensable y definitiva (…) Mis sentimientos son una mezcla de gran humildad y emocionada satisfacción”, fueron las palabras que envió a la distancia con motivo de la entrega del estímulo y que recoge el libro “Claudio Arrau: lo que nunca se dijo de su viaje a Chile?.

Aseguró que dicho galardón era “el más generoso y magnífico regalo de cumpleaños” y que estaba deseoso de retornar a su país y presentarse para las generaciones que no le habían escuchado en vivo, pero sobre todo “para disfrutar de las empanadas, del dulce de alcayota y de las sustancias de Chillán”, en alusión a tres de las grandes delicias de la gastronomía y confitería tradicional.

Criticado por haber adquirido la nacionalidad estadounidense en tiempos de dictadura en Chile y gran polarización ideológica, en uno de sus limitados contactos con la prensa a principios de los 80, aclaró: “No soy político ni economista, ni siquiera sociólogo; mi militancia siempre se ha circunscrito al arte y la música, especialmente; a lo más, podría decir que me considero un humanista”.

Su deceso se registró en Murzzuschlag (Austria) el 9 de junio de 1991, mientras realizaba una gira por Europa a los 88 años de edad. De acuerdo a la petición realizada en vida, los restos del maestro fueron repatriados y sepultados –dónde más si no- en el Cementerio Municipal de Chillán.