Turismo en el fin del mundo: ¡ballena a la vista!

El avistamiento de cetáceos es una actividad amistosa con los gigantes del mar en Chile, sobre todo en sus aguas consagradas como zona libre de caza.

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La ballena azul pesa más de 100 toneladas. Su cría consume aproximadamente 350 litros de leche por día. Con esa dieta básica, puede aumentar unos 100 kilos cada jornada. El animal más grande que todos los dinosaurios que poblaron la Tierra nada seguro por el extenso mar de Chile. De las 87 especies de cetáceos que hay en el mundo, un 50% ha sido registrado en las costas chilenas.

A partir de 2008, las aguas del país son por ley zona libre de caza de cetáceos. Poco después, el chileno Cristián Maquieira fue designado nuevo presidente de la Comisión Ballenera Internacional (CBI), organismo de protección creado en 1946 que actualmente reúne a 85 naciones.

Antecedentes como ésos atraen anualmente a cientos de turistas, que muchas veces cruzan medio mundo para contemplar en su hábitat a los gigantes del océano. “La mayor parte de los pasajeros que toman este programas provienen de Europa”, afirma Karen Wilson, de Turismo Yámana.

Es el llamado whale watching, como se conoce en la industria turística al avistamiento de cetáceos, cuyos principales atractivos entre diciembre y abril son las ballenas azul y jorobada, en el área del estrecho de Magallanes, al final del continente americano, donde se unen el Pacífico y el Atlántico.

Según explica la guía, esta última especie se observa desde fin de año en el parque marino Francisco Coloane, el primer lugar de alimentación de ballenas jorobadas en Sudamérica. Para ver la azul, es necesario alejarse unos 1.000 kilómetros al sur de Santiago, pues en dichas zonas abunda el krill, el crustáceo favorito en su menú.

La aventura

En el inicio de la travesía de tres días, los turistas salen desde la ciudad de Punta Arenas hacia el estrecho de Magallanes. En la isla Carlos III, los espera un bien equipado y confortable campamento, donde dormirán dos noches. Allí, también participan de la observación de pingüinos, cormoranes y lobos marinos.

El avistamiento de las ballenas es una excursión que requiere prepararse. Antes de embarcarse para ir a su encuentro, los guías turísticos –muchos de ellos pescadores que conocen el mar como la palma de su mano- deben localizar desde muy temprano, apostados en miradores contiguos, el lugar donde se desplazan los mamíferos.

Luego de que con potentes binoculares se detectan los característicos chorros que expulsan por su lomo los cetáceos, hay que aprovechar el período de hasta media hora de buceo de las ballenas, para luego acercarse cautelosamente, sin ostentación de motores.

“Encontrarse de repente con una ballena que se zambulle y vuelve a aparecer es de una emoción indescriptible”, cuenta Antonio Larrea quien ha fotografiado este tipo de animales –especialmente sus colas- para los registros científicos sobre la población cetácea.

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